Vivimos en una
sucesión,
de tristes momentos,
como una
programación,
de gris cemento.
No somos más que
combinación,
de escasos segundos
de placer,
que no son nada en
comparación,
con el dolor que nos
ha de mecer.
Tenemos la inequívoca
misión,
de sufrir con valor,
de que acabe roto el
corazón,
por un poquito de
amor.
Es tan estremecedora
la sensación,
de una existencia
vacía,
que se llena de
emoción,
porque si no
insoportable sería.
No puede ser de otra
forma,
por todos los
intentos y jadeos,
de aquellos que
rompieron la norma,
y conservaron sus
tristes recuerdos.
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